Italia a comienzos de los tiempos modernos

Italia era, en palabras del político austriaco del s. XIX Metternich, “una expresión geográfica”. Pero estaba muy poblada. Contaba con una próspera agricultura, una industria pañera y sedera que competía en toda Europa y un poderoso comercio. Los banqueros genoveses, juntamente con los alemanes, representaban el capital internacional del s. XVI especialmente en su segunda mitad. Su riqueza estaba adornada por un apoyo incondicional a las artes. Era tan admirada por los intelectuales y artistas europeos como codiciada por las potencias del momento. Desde la paz de Lodi de 1454, que abrió un período de relativa calma, Italia conoció una etapa de prosperidad y de florecimiento artístico. Este mundo próspero y culto carecía de la más minima unidad política. Ni siquiera contaban con algo semejante a la unidad moral o virtual que daba el Imperio a Alemania. El número de sus estados podía rondar los veinte y se agrupaban en repúblicas (como Florencia o Venecia), ducados (como Saboya o Milán) y marquesados (como Messa o Monferrato) Algunos (p.ej. Asti o Guastalla) eran minúsculos. Sólo Milán, Venecia, Florencia, los Estados Pontificios y Nápoles tenían una verdadera entidad territorial y política. En realidad, salvo Venecia, los demás estaban dominados por el príncipe, con frecuencia descendiente de un condottieri que se había servido de las guerras entre territorios vecinos o entre familias para imponer su autoridad (como en el caso de los Sforza de Milán) Esta división, las rivalidades entre estados, incluso los ancestrales bandos familiares, además de su riqueza y envidiable prestigio, convertían a Italia en una tentación para los monarcas más ambiciosos del momento. La monarquía francesa y la Monarquía Universal Católica, esgrimiendo viejos derechos o acudiendo en ayuda de una de las facciones rivales, se disputaron la posesión de ciertos territorios considerados estratégicamente imprescindibles. Italia fue codiciada y disputada por Francisco I y Carlos V.

Entre los grandes estados cabe destacar en primer lugar, por la condición de su titular, los Estados Pontificios, que se extendían a ambos lados de los Apeninos centrales, aunque el poder del papa, como príncipe secular, no era tan sólido y uniforme como en un principio se le supone (p.ej. en Romaña, las Marcas y Umbría sólo era nominal; el Lacio estaba en mano de las poderosas familias de los Colonna y los Orsini, con gran influencia en el Sacro Colegio Cardenalicio; y en Roma, el espíritu republicano no se había extinguido). El Papa era uno de los soberanos italianos más débiles. La Curia se ocupaba del gobierno secular. Los negocios exteriores corrían a cargo de un cardenal secretario y la hacienda, del camarlengo. Con demasiada frecuencia, los cargos más importantes fueron encomendados a miembros de la familia del Santo Padre, lo que llevó a calificar el régimen pontificio de nepotista. Como cualquier otro soberano de la época, aunque lo hizo circunstancialmente, el Papado se esforzó por imponer su autoridad sobre sus dominios. Más importante fue su participación en los conflictos del momento. La condición de jefe de la Cristiandad y de soberano temporal le dio un especial protagonismo en la Europa del momento, convulsionada por la Reforma, las rivalidades entre la monarquía francesa y la Monarquía Universal Católica y el asedio de los turcos. En este juego de fuerzas, el titular de la cátedra de San Pedro se decantó por uno de los contendientes y le apoyó con su prestigio y sus recursos, pero también participó en coaliciones encaminadas a frenar el avance del gran enemigo del cristianismo y de la civilización occidental: el turco.

Venecia era la más poderosa de las repúblicas aristocráticas. Había extendido sus dominios por la llanura del Po hasta el Adda. Además había llegado a construir un vasto imperio colonial que se extendía más allá del Adriático en la costa oriental y por las islas del mar Jónico y del Egeo. Venecia contaba con una constitución que fijaba los derechos de sus naturales y unas instituciones prestigiosas. El dux o dogo era el jefe del estado. Se le representó siempre ostentosamente pero el gobierno lo desempeñaba el Gran Consejo, con cerca de 2.000miembros. A él le competía legislar y el nombramiento de cargos. Elegía el Senado, unos 300 miembros, que se ocupaba de la política exterior y recibía de sus embajadores las famosas relaciones, que constituyen un documento histórico de gran interés. Todos los cargos estaban en poder de la nobleza, pero, a diferencia de lo que ocurre en la Europa del momento, el grupo tenía un carácter muy abierto. Esta condición y la corta duración de los cargos contrarrestaban los posibles abusos de su monopolio. Bien gobernada, Venecia disponía de un buen ejército y de una flota de galeras movida con voluntarios venecianos. La república dispuso de una potencia militar muy superior al resto de los estados italianos. Su imperio chocó frontalmente con el turco, forzándole a mantener un difícil equilibrio en el que combinó con acierto las treguas con alianzas en su contra, lo que no impidió la pérdida de sus colonias a manos de los otomanos. Más grave para su economía que la pérdida de sus colonias fue la aparición, en el horizonte económico, de las Indias Orientales y el control del mercado de las especias por los portugueses primero, y los holandeses, después.

El ducado de Milán fue la pieza más disputada en las guerras de Italia. En 1535 fue ocupado por Carlos V que más tarde se lo cedió a su hijo Felipe II. Pero, ya para entonces, el gran estado construido por los Visconti había perdido jirones importantes de su territorio a manos de los suizos y del propio Papado, hasta el extremo de quedar reducido al espacio comprendido entre el Essio y el Adda. Sin embargo, estos cambios apenas alteraron sus instituciones, fijadas sólidamente desde los tiempos de los Sforza. Durante el período de dominación francesa, Luis XII creó un Senado de 15 miembros con funciones judiciales semejantes al Parlamento de París. En 1541, Carlos V otorgó una nueva constitución, en la que cabe destacar como figuras más importantes: un gobernador, que representaba al soberano, y el archicanciller, que presidía el Consejo Secreto. En 1543, las protestas de las ciudades por un nuevo tributo dieron origen a la Congregationi di Stato, asamblea que limitó en cierto sentido los poderes del gobernador.

En Florencia, los Médici acabaron con la endémica inestabilidad social. Sus reformas dotaron al gobierno de la fuerza y la continuidad suficientes para hacer de Florencia una república poderosa. Con este fin modificaron algunos puntos de la constitución. La elección por sorteo fue sustituida por una junta previamente seleccionada, que permitía que la Signoria –la magistratura suprema— estuviera siempre dominada por los amigos de los Médici. En 1480 fue instituido el Consejo de los setenta, de donde se elegía una junta encargada de la hacienda y de los asuntos exteriores. Durante su gobierno, aceptado sin reparos por la mayoría de los ciudadanos, Florencia conoció una época de prosperidad económica, pero también artística, debido al mecenazgo que desempeñó la familia. Incluso el potencial económico de estos banqueros y su sapiencia política dieron a Florencia una incuestionable presencia en los asuntos de Italia.

El ducado de Saboya, que se extendía al oeste de los Alpes y entre Francia e Italia, difícilmente puede considerarse un estado italiano. En la propia Saboya, los marquesados de los Saluzzos y de Monferrato eran independientes. Durante el mandato del duque Carlos III (1504 – 1553), sufrió una dura crisis. La expansión de la Reforma provocó un período de inestabilidad y pérdida de algunos territorios, que fueron ocupados por Berna, quien a su vez favorecía la independencia de Ginebra. La situación fue utilizada por Francisco I para hacerse con los territorios situados al oeste de los Alpes, excepto Niza, y con la parte norte del Piamonte. La ocupación francesa se prolongó hasta la firma del tratado de Cateau – Cambrésis, verdadero punto de partida del ducado de Saboya que jugará un papel importante en el futuro. El duque Manuel Filiberto (1553 – 1580) recuperó la mayor parte del territorio que había caído en manos de los franceses y suizos, y gobernó como soberano absoluto.

El reino de Nápoles era español desde 1504, pero su conquista no modificó sus instituciones. Simplemente, el soberano se hizo representar por un alter ego, un virrey, que contaba con el asesoramiento de un consejo. La administración provincial estaba en manos de los gobernadores y de tribunales, denominados, como en España, Audiencias. Nápoles presentaba diferencias con el resto de estados italianos. La nobleza tenía un fuerte peso dentro de la sociedad napolitana, donde encontramos un feudalismo semejante al que podemos hallar en otros territorios europeos.


PROTAGONISTAS Y FASES DE LA PUGNA POR ITALIA.

Fue en 1492, al cumplir la mayoría de edad, cuando Carlos VIII comenzó a pensar seriamente en conquistar el Reino de Nápoles, ya que como heredero de los viejos derechos dinásticos de los Anjou, podría reclamar su herencia, tal y como le animaban los barones napolitanos emigrados, descontentos con la Casa de Aragón. Nápoles constituía un puesto avanzado en dirección a Tierra Santa y muerto el rey Matías Corvino, Carlos abrigaba la esperanza de liderar la Cruzada contra el Turco convocada por Inocencio VIII. El mismo pontífice le había animado alguna vez a intervenir, exasperado por sus malas relaciones con el rey Ferrante de Nápoles. Carlos forma con sus opositores una serie de tratados que intentan liquidar los viejos conflictos: Los renacidos durante la guerra de Bretaña; Tratado de Etapies, 1493 con Eduardo VII. Barcelona, 1493, restituyendo a Fernando de Aragón el Rosellón y la Cerdaña. Senlis, 1493 para deponer las armas a Maximiliano de Habsburgo, con el fin de tener las manos libres en Italia

Muerto el rey Ferrante en 1494, Carlos VIII, que ha concentrado un fuerte ejército en Lyon reclama oficialmente el Reino de Nápoles y pone en marcha la expedición, que se convierte en poco menos que un paseo militar, Llega a Nápoles en febrero de 1495 sin apenas haber hecho uso de la fuerza y se hace coronar rey de Nápoles y emperador de Bizancio (comprado el cargo a Andrés Paleólogo). Pero la presencia francesa en Italia alarma a los estados italianos. Venecia y la Santa Sede, en malas relaciones desde hacía tiempo, se tienden la mano para oponerse a los franceses. Maximiliano de Habsburgo y Fernando de Aragón prometen colaborar. Carlos VIII, alarmado ante la tempestad que se anuncia, consigue retirar hacia el norte el grueso de su ejército, no sin antes enfrentarse a los venecianos en Fornovo (1495). Mientras, los españoles, bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, se encargan de desalojar Nápoles. La aventura napolitana había concluido.

El nuevo soberano, Luis XII, desciende de los Visconti y reanudará la política italiana reclamando para sí el ducado de Milán, en posesión ahora de los Sforza. Antes de alzarse contra el ducado, Luis XII pactará un reparto favorable con los venecianos (Lucerna, 1499) e intentará asegurar las retaguardias mediante acuerdos con Inglaterra, Felipe el Hermoso (soberano de los Países Bajos) y con los cantones suizos. Entre 1499 y abril de 1500 el Milanesado es conquistado por Francia, desalojado y vuelto a recuperar. Tras este éxito indiscutible, Luis XII retoma el proyecto de la Cruzada y agasaja a Alejandro VI colmando de favores a César Borgia. Obtenido el permiso papal, establece negociaciones con Fernando de Aragón para llevara cabo una conquista conjunta (Tratado de Granada, 1500). En verano de 1501 un ejército francés y uno español ocupan el Reino de Nápoles, pero pronto aparecen incidentes y conflictos y los antiguos aliados se encuentran en guerra desde 1502. Las victorias de Gonzalo Fernández de Córdoba en Seminara, Ceriñola y Garellano y la muerte del Papa Alejandro VI decidirán la suerte de Nápoles a favor de los españoles. Mientras los franceses, replegados hacia el norte, han de retirarse definitivamente a comienzos de 1504. Desde aquella época, el sur de Italia quedará incorporado a la Monarquía Católica por espacio de dos siglos. En 1504, quedaba asegurado el dominio hispánico sobre el sur de Italia, mientras el Milanesado, en el norte, permanecía en manos francesas.

Fernando el Católico firmo un pacto con Francia, el tratado de Blois de 1505, en el que se estipulo el cese de las hostilidades entre ambas potencias y como testimonio de amistad se acordó su matrimonio con una princesa francesa (en caso de no tener descendencia Nápoles se incorporaría a la monarquía francesa). Francia y España participaron en 1508 en la liga de Cambrai, articulada por el Papa Julio II, junto al Imperio, contra Venecia, que habían sido excomulgada (1502). Las tropas francesas ocuparon el resto de Lombardía, rodeando de esta manera sus posesiones en el norte de Italia, mientras Fernando el Católico aprovecho la oportunidad para conquistar las bases ocupadas por Venecia en Apulia, en Nápoles. La derrota de los venecianos en Aguadel (1509) arroja a los representantes de la república a ceder a las pretensiones territoriales de los Estados Pontificios (Ravena, Rímimi, Faenza).

Tres años más tarde, en 1511, se vuelve esta coalición contra Francia al considerar Julio II provechoso expulsar a los franceses de Italia, desalojándolos del Milanesado y restaurando allí a los Sforza. Julio II cuenta además con el apoyo de los cantones suizos, Venecia, los Sforza y Fernando de Aragón. A la Liga se adhieren el Emperador y e Inglaterra.

Desde la primavera de 1512 la situación es crítica para los franceses: se suceden la sublevación de Génova, la evacuación de Lombardía (donde se vuelven a instalar los Sforza), la victoria suiza en Novara y el cerco de Dijon, el desembarco inglés en Picardía y la ocupación del Reino de Navarra-donde hay comprometida desde hace años una lucha de influencias entre españoles y franceses-por Fernando de Aragón.

En 1513 hubo otro intento de recuperar Milán por los franceses ayudados por Venecia, pero fracasaron. En 1515 accedió al trono Francisco I y lo primero que hizo fue ocupar de nuevo Milán tras derrotar a los suizos en Marignano. Por terceras vez hicieron los franceses una entrada triunfal en Milán. Es entonces cuando el sucesor de Julio II, León X, decide salir al encuentro del vencedor y entenderse con él. La entrevista en Bolonia (diciembre de 1515), pone fin a la guerra en Italia, que quedará dividida en dos esferas de influencia, la española al sur y la francesa al norte. Se vuelve a hablar de Cruzada y se firma un Concordato entre el Papado y Francia. El equilibrio Italiano, mediante la hegemonía francés en el norte y la española en el sur, no se prolongo mas de una década, hasta la batalla de Pavía, que dio la supremacía definitiva en Italia a la monarquía española durante casi dos siglos.

A la muerte de Fernando el Católico, Carlos de Habsburgo quiso firmar con Francisco I el tratado de Noyon (18 agosto 1516) para enterrar todas las viejas disputas. Será sólo una tregua. Maximiliano y Enrique VIII ponen igualmente fin a sus litigios con Francia (Tratados de Cambrai, 1517 y Londres, 1518 respectivamente). A la muerte de Maximiliano en enero de 1519, el 28 de junio era elegido para el trono imperial el rey de España, que se convirtió en Carlos V, contra la candidatura del soberano francés. Venecia estrechó sus lazos con Francia ante el aumento del poder imperial. Francisco I reabrió las hostilidades con apoyo de los cantones suizos, pero en 1521 el emperador volvió a poner a Francisco María, heredero de los Sforza, en el ducado de Milán, cuya posesión se convirtió indispensable para ambos competidores. Entre finales del siglo XV y principios del XVI, Francia había demostrado ser, a pesar de la pérdida del reino napolitano, la potencia más emprendedora en la península italiana. Controlaba buena parte del Piamonte, dominaba el ducado de Milán y, desde 1507, ocupaba también Génova. La política de Julio II le había permitido consolidar su preponderante presencia: Ferrara y Mantua eran sus fieles aliadas y le ofrecían una preciosa cuña en llanura bañada por el Po. Su fuerza militar, tenía luces y sombras, disponía de un aguerrido grupo de artillería y de una caballería pesada formada por la flor de su numerosa nobleza, pero le faltaba infantería moderna, disponía sólo de grupos de infantes compuestos de cadetes indisciplinados. Se orientaba hacia los suizos y alemanes de donde reclutaba como mercenarios a millares de hombres para cualquier campaña, gracias a los notables recursos financieros de que disponía. En la infantería helvética, se verificaba lo que no ocurría en Francia o Italia, que los nobles asumiesen la función de oficiales a pie para dirigir a los infantes. Los cuadros de piqueros suizos, nobles, caballeros, artesanos y campesinos se encontraban eficazmente unidos que unido a su rígida disciplina había constituido el secreto de sus victorias frente a Carlos el Temerario y luego en Italia. Otros países relativamente pobres habían formado infanterías similares, los lansquenetes, que provenían de los estados hereditarios austriacos y de las zonas vecinas de Alemania meridional, donde los pequeños señores feudales o los cadetes nobles reclutaban a los campesinos formando una tropa excelente, un fenómeno análogo había tenido lugar durante las guerras de Italia. Constatada la inferioridad de la infantería española frente a la suiza, que militaba para los franceses, Gonzalo de Córdoba había tomado a esta última como modelo desde su primera campaña calabresa de 1495-1496 y la pequeña nobleza española no dudó en abastecer cada vez con sus miembros a las filas de esa infantería, que se debía revelar muy pronto como una de las mejores de Europa.


BIBLIOGRAFIA

IMBER, C. EL IMPERIO OTOMANO 1300-1650. Ediciones B, Barcelona 2002.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2002.

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. Actas, Madrid, 2006.

MARTINEZ SHAW, C. HISTORIA DE ASIA EN LA EDAD MODERNA. Arco Libros S.L.

Madrid.1996.

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